jueves, 10 de junio de 2010

“Ingratos acordes”.


Ser dependiente de unos grandes almacenes, y estar ocho horas tratando clientes de toda indote, puede llegar a ser agotador. Así que ansioso esperé a que llegaran las diez de la noche y cerraran el centro.
Aflojé el nudo de mi corbata y me dispuse a irme apresuradamente; como alma que lleva el diablo.
A la salida unos compañeros y yo fuimos a cenar algo, para más tarde acabar compartiendo batallitas del trabajo. Tras unas cuantas cañas y unos pinchos la noche empezaba a animarse y prometía ser divertida, así que pagamos la cuenta y decidimos cambiar de local.
Fuimos a un lugar cercano a la tasca donde nos hallábamos; un pub con buena música y unas mesas de billar. Nos sentamos en la barra y nos pedimos unas copas. Después de unas risas y una ronda de chupitos decidimos echar una partida.
Los dos billares estaban ocupados. En uno de estos habían dos matrimonios de avanzada edad y en el otro se hallaban dos preciosas chicas de unos treinta y pocos; así que los cuatro nos miramos y decidimos esperar a que las chicas finalizaran.
Mientras esperábamos nos dispusimos a tomar otra tanda de whiskys, para ir entrando en calor. En ese preciso instante sonó un tema de Beyonce y las chicas empezaron a moverse y a bailar frente a nosotros.
Ensimismado no paraba de mirar contonearse a la rubia. ¡Era espectacular!.
Llevaba el pelo bastante corto en la zona de la nuca y hacía adelante lo tenía más largo. Llevaba unas mechas más claras, muy perfiladas y el flequillo peinado a un lado. Era un lock bastante alocado, que la hacía tremendamente seductora.
Tenía una boca en forma de corazón, de carnosos y brillantes labios, tremendamente invitadores a ser mordidos. De mirada felina y salvaje, parecía una gata feroz en busca de una presa fácil. Sus negros ojos te hechizaban y vehementemente daban rienda suelta a la imaginación.
Su mirada me besaba cada vez que clavaba sus ojos en mi, lo hacía con tolerancia y a la vez con malevolencia. Un leve pestañeo suyo, me permitía tomar aire para seguir disfrutando abstraído por su mirar.
Lucía un diminuto y ajustado vestido negro, sin mangas y la espalda toda de encaje. Este marcaba todas y cada una de sus protuberantes curvas. Perfectamente se percibía que no llevaba sujetador, pero para el caso, tampoco lo hacía mucha falta. Estaba dotada de unos voluptuosos y sugestivos pechos que rozaban la gravedad.
Calzada en unos vertiginosos y finos tacones, se dirigió hacía mi. La seguridad y la frialdad de su voz me llego muy hondo, y como una presa débil me sentí abatido con facilidad.
Me quedé allí de pie frente a ella, aturdido, totalmente magnetizado por su belleza, sin poder mediar palabra. Glacialmente me miró y me habló, sin apenas levantar la voz, era como un leve murmullo. Sus gélidas palabras instigaban a mi mente a todo tipo de pensamientos lascivos. Dejé de censurarme y me atreví a invitarla a un trago.
- ¿Te apetece tomar algo?.
- Sí, para mi un Gin Lemon.
- Yo soy Jose y tu… ¿eres?.
- Ah si claro, disculpa por mi torpeza, Olga, mi nombre es Olga.
- Un placer Olga, ¿vienes mucho por aquí?.
- Si de vez en cuando venimos Jessica y yo, echamos unas partidas y luego vemos donde vamos.
¿Os apetece echar una partida a medias, chicas contra chicos?.
Yo tardé en contestar y entonces se acerco aun más a mi y me susurró:
- ¿Acaso tienes miedo de perder?, - y una picara y pérfida risa se dibujo en su rostro. -
Volvió hacia la mesa de billar para finalizar la partida con su amiga. Sostuvo en la mano el taco y pasó a untarlo de tiza. Lo hacía despacio, en un movimiento cadencioso de arriba hacia abajo, con delicadeza, mientras sus ojos me miraban ardientemente y picara mordisqueaba su labio inferior sin cesar. Eso suscitó en mi una elevada subida de temperatura. Al concluir, tendió medio cuerpo dentro de la mesa, apoyando sus caderas en el filo de la madera. Su corto vestido vislumbraba la puntilla de su negro coulotte, tejido con delicadeza. Parecía la trama de una araña tejedora, elegante y sensual. Este a su vez dejaba entrever las cachas de su prieto y respingón culo.
Mi visión del momento no podía ser más grata y impúdica, me provocaba acercarme a ella y despertar al animal salvaje que había en mi interior, poseyéndola una y otra vez sin parar sobre esa mesa, con las palmas de su manos apoyadas en ella y no detenerme hasta hacerla enloquecer y oírla gemir de placer.

Finalizaron su partida y comenzamos la nuestra, chicos contra chicas. Entre risas, algún alarido, más copas y flirteos, terminamos perdiendo la partida, y resolvimos donde seguir la fiesta.
Uno de mis compañeros tenía un amigo que era músico y tocaba con un grupo. Tocaban música de todos los tiempos en versión acústica; la verdad es que sonaban muy bien y era muy grato rememorar tiempos pasados a través de grandes temas.
Recordamos que era viernes, y que los viernes solían tocar en un club de Jazz no muy lejos de donde nos encontrábamos, así que decidimos ir todos juntos a ver el concierto.
El local estaba lleno de gente, el concierto aun no había empezado, así que nos dirigimos todos hacia la barra a pedir otra ronda.
Empezamos a conversar y no se como acabamos quedándonos solos Olga y yo. La escuchaba hablar, la veía reír sin parar. Efusivamente gesticulaba todo el tiempo y no paraba de tocarse el pelo. Yo lentamente me derretía a todos y cada uno de sus encantos, mostrándome, más dulce, más tierno, mucho más vulnerable; solicitando mimos a doquier.
Hacía mucho calor en el local y Olga empezó a sudar. Sentí envidia del sudor que fervientemente emanaba de su cuerpo. Veía como las gotas descendían por su espalda y ambicionaba secárselo con la yema de mis dedos, recorriendo cada rincón de su piel.
Sacó un cubito de hielo de su copa y empezó a refrescarse, paseándoselo por su nuca, por su cuello. Codiciaba ser yo el hielo que besará su cuello, que lo lamiera y mordisqueara. Al percatarse de mi ansia, me miró con esa mirada de depredadora que tenía y paso a acariciar sus carnosos labios con el hielo. Lo hacía sucesivamente, disfrutando del momento. Sacaba la punta de su lengua y lo lamía una y otra vez, hasta que lo engulló todo en su boca.
Era una tortura lenta y excitante. Yo me mostraba afín a sus juegos y a la vez ávido de ser presa de sus garras. Al imaginarlo mi miembro cobro vida propia, elevándose para el momento.
Al percatarse de ello, posó su mirada en la cremallera de mi pantalón, observando lo que acababa de suscitar.
Ella sonrió maliciosamente. Se acercó a mi, sosteniendo el cubito entre sus labios, y lo acerco a mi boca. Sentí la fría caricia del hielo sobre mis labios, mientras hacía eso no podía dejar de mirarla. Sus ojos me embelesaban, me desafiaban; yo era su presa y no lo lamentaba.
Noté como con su lengua iba introduciéndolo en mi boca empujando al cubito hasta el final, llegando a mi garganta. Notaba el frío contraste de el hielo y el efusivo calor de su saliva; una explosiva combinación de sensaciones que deleitaban mis emociones elevándolas al delirio. Al poco note como apoyaba su mano en mi muslo y sin darme cuenta pasó a sujetar mi miembro. Lo agarró con ímpetu y bajo una tenue iluminación, se dispuso a susurrarme algo al oído:
-Si me falta la luz… te buscaré con la yema de mis dedos.-
Lo soltó y dejé de contener el aliento, respirando aliviado. Me dijo que debía ir al baño, así que le indique donde era y emprendió el camino. A los pocos metros retrocedió y volvió hacia mí. Asombrado la vi volver, venía con un paso firme, contoneando sus caderas en un bamboleo que me enloquecía, pero extasiado me quedé al ver que frente a mí se desprendía de su ropa interior. Sin miramientos ni decoro ninguno, para luego depositarla en mis manos. Dio media vuelta y retomó el camino al baño sin mediar ni media palabra.
Y allí, rodeado de gente junto a la barra me hallaba yo perplejo, sosteniendo su delicado coulotte. Admirándolo una y otra vez, y ante tanta admiración no pude evitar llevármelo a la cara y olisquear su esencia.
Lo olisqueaba como un animal en celo y su olor evocaba el aroma condensado de la mar. Era un olor intenso, salobre. Me recordaba a los pescadores que venían de faenar con sus barcas llenas de pescado fresco.
En mis manos se hallaban todos sus densos fluidos, concentrados en un pequeño retal de encaje, eso intensificaba mi atracción y me convertía a mi en un depredador voraz, deseoso de poseer mi lengua entre sus suculentos y ardientes labios, perderme en ellos y llegar a saborear a fondo la profundidad de sus salinos jugos.
A su vuelta deposite la prenda con delicadeza en mi bolsillo. Lo guardaría como un fetiche en un altar; ese día iba a perdurar en mi memoria por siempre.
Nos miramos sin decirnos nada, y nada lo expresaba todo. Nuestras risas eran cómplices de aquel incontinente instante.
Con sutileza se colocó delante mío, apoyando su torso en la barra, dándome la espalda; arqueándola y realzando su majestuoso trasero frente a mí. No podía ser más delicioso ese momento. No paraba de recordar que bajo ese diminuto vestido todo su recato se hallaba desnudo y como un privilegio me lo estaba ofreciendo esa noche a mi.
No pude resistirme a sus provocaciones y sigiloso me acerqué a ella. Pose mi mano en su nuca, noté como su cuerpo se estremecía; bajó su cabeza y empecé a besar su cuello con minúsculos besos, en un movimiento ascendente.
Me embriagaba el olor de su perfume; era un aroma volátil, pero intenso. Extasiado por su satinada piel deslice mis dedos por su espalda, siguiendo el recorrido de las gotas de su sudor, que anticipadamente había codiciado. Continué bajando hasta llegar a su prieto culo. Deposite ambas manos en él y lo sostuve con fuerza, parecía puro atrevimiento, pero era un acto de benevolencia. Ambicionaba poseerla en la misma medida que ella deseaba ser poseída. En ese instante no había ni un solo momento de frialdad ni de retracción; éramos dos depredadores nocturnos famélicos de deseo carnal.
La sostuve por la cintura con una mano pegándola a mi, mientras que la otra se deslizaba por su entrepierna. Mis dedos trepaban por su muslo, lo notaba contraerse sin parar.
Podía sentir mi suspirar sobre su nuca. Eso hacía que ella se excitará cada vez más, notando como ardientemente se iban humedeciendo mis dedos. Pasé a acariciar sus labios internos, con esmero y delicadeza, ella me lo agradecía acompañándome en un vaivén de caderas, mojando a su vez más mi mano con sus salobreños fluidos. En ese preciso instante recordé su concentrado y penetrante olor y eso me incitaba muchísimo más a continuar dándole placer, así que introduje mis dedos dentro de su sexo, intentando llegar al fondo, notando las carnosas y ardorosas paredes de su vulva. Ella separó levemente sus piernas dispuesta a que pudiera acariciar bien todo su sexo y asegurándose que no dejaría ni un solo rincón de su pubis perfectamente rasurado sin visitar. Sentirla moverse sobre mi mano era un verdadero deleite, y hacía que mi falo erecto no dejara de palpitar y deseara introducirse justo donde se hallaban mis dedos.
De fondo se oyeron a los músicos que empezaban a afinar. En un revuelo toda la gente fue dirección a ellos. Tuve que dejar de acariciarla y nos dirigimos junto a la multitud, frente al escenario. Y como borregos seguimos a la muchedumbre, nos pusimos frente a ellos y empezamos a bailar y cantar junto a los músicos.
Era un pequeño grupo de tres: un guitarrista, la cantante; una chica con una solemne voz y el bajista algo excepcional; todo un fenómeno. A medida que el concierto más se animaba, yo me notaba más abatido y fatigado. Me senté cerca de el escenario muy próximo a Olga, no quería dejar de disfrutar al verla moverse frente a los acordes del bajo.
La observaba sin parar y ella no dejaba de contonearse frente a mi, era majestuoso verla cantar y bailar al son de todos y cada uno de los temas que el grupo tocaba.
Se acerco hacía donde estaba y se puso a bailar frente a mi. Al ver que no me levantaba de la silla por agotamiento, se sentó sobre mi, y empezó a mover su trasero sobre mi miembro viril. Este no tardo en levantarse y mostrarse ambicioso, así que ella no le hizo esperar y desabrochó mis pantalones introduciendo su mano dentro de estos, sacando a la luz mi falo. Empezó a acariciarlo, una y otra vez, sujetándolo fuertemente. Sentía recato por si alguien nos podía ver, pero a la vez ese mórbido momento me enajenaba y no podía contener mis suspiros.
Ella escabrosa, frente a toda esa multitud subió sobre mi miembro introduciéndolo todo dentro de su suculenta vulva, llegando hasta el fondo y cuando me notó bien adentro empezó a mover sus caderas sobre mí. Parecía una amazona cabalgando sobre un corcel. Sus caderas no dejaban de moverse, notaba como se levantaba y volvía a bajar mi miembro y sus caderas en un unánime son, era un constante y armonioso ritmo, ajeno a la música que se oía de fondo. Yo la sujetaba fuertemente por sus pechos acompañandola en ese movimiento, notaba como lo aceleraba. Ella llevaba el dominio y yo tan sólo me dejaba llevar extasiado por su vaivén.
Olga no satisfecha con lo que le daba, buscaba ansiosa la mirada del bajista, quería que mientras tocaba su bajo nos viera gozar allí frente a él. El bajista entregado a su música y al deleite de nuestros cuerpos tocó un solo finalizando con el concierto. Ella disfrutaba con el momento y quiso cortejarle con unos
tremendos gemidos al lograr alcanzar ambos el climax.
Al finalizar se levantó, se arregló su negro y diminuto vestido y se dispuso a ir al escenario.
Fue a felicitar a los músicos por el concierto, me miró fijamente y frente a mi osadamente pasó a besar al bajista.
Fría y calculadora, lo preparó todo para irse en su compañía y yo me quedé allí sentado, atónito; me utilizó y me dejó sólo, para no dudar en irse con él.



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